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4. Bartleby o el nihilismo minimal.

4.1 Personajes y biografía.
La fascinación de la 'fórmula' y la disolución de la identidad
El neoyorkino Herman Melville (1.819-1.891) escribió Bartleby, the
Scrivener,, un breve relato, en 1853, después de fracasar como novelista.
Su novela Moby Dick tuvo escasa relevancia cuando se publicó y sólo
posteriormente consiguió el éxito que hoy reconocemos. No volvió
a intentar escribir novelas y su opción por el tipo de narración que
se considera un “género menor” es la decisión de alguien que se siente
atormentado por la idea de escribir una novela, y al mismo tiempo, se siente incapaz
de hacerlo. Esta es la opinión de José Luis Pardo, en uno de los tres
extraordinarios estudios que acompañan al texto que intento interpretar. No
es habitual que un texto literario se publique arropado con reflexiones filosóficas,
y además de pensadores de la altura del citado Pardo y de Deleuze y Agamben.
Así pues, aunque en primera instancia es un libro que cumple las expectativas
del título del presente ensayo “Literatura versus Filosofía”,
su contrapartida es que posiblemente me será difícil añadir
reflexiones nuevas. Pero, no obstante, lo intentaré, y después (o mientras)
recojo algunas de las sugerentes indicaciones de los tres autores citados, aportaré
mi reflexión a partir del título que inmediatamente se me ocurrió
al leer el relato de Melville: nihilismo, no nietzscheano, como explicaré
más tarde, sino minimal.
El relato comienza con una introducción, en la que el yo narrativo habla
en primera persona. El narrador no es otro que el jefe que contratará a Bartleby
como escribiente, y aquel necesita comunicar a los lectores la experiencia que se
desarrolló “ante sus atónitos ojos”. Este efecto de distanciamiento
no será capaz de conservarlo a lo largo de todo el relato, ya que sufrirá
un efecto de contaminación, al igual que los otros escribientes de
la misma oficina, de la actitud nihilista del protagonista y de su lógica
paralizante.
Voy a dedicar mi atención, en primer lugar, a los dos protagonistas del relato:
el Jefe y el Escribiente. Es posible que del estudio comparativo entre ambos personajes,
radicalmente opuestos, podamos extraer alguna luz.
La primera diferencia importante es que el Jefe tiene una historia, una biografía,
Bartleby carece de ella. En efecto, ya en la primera página, el Jefe explicita
su necesidad de decir algo acerca de sí mismo, antes de presentar al Escribiente.
Esta presentación veremos que se hace imposible de suyo, ya que no
conseguirá, a lo largo de todo el relato, que su empleado le de un solo dato
de su vida, o de sus rasgos de personalidad, o de sus ocupaciones anteriores, o de
sus eventuales proyectos de futuro.
Oigamos las palabras de autopresentación del Jefe:
“ Soy un hombre que, desde su juventud, ha estado imbuido de una honda convicción
de que la mejor forma de vida es la más sencilla, de ahí que,
aunque mi oficio exija, en ocasiones, una energía y un nervio proverbiales,
hasta rozar el desvarío, no haya permitido jamás que nada de esto turbe
mi tranquilidad. Soy uno de esos abogados sin ambiciones que jamás
se dirige a un jurado, ni hace por atraer el aplauso del público”
La descripción continúa diciendo que es un hombre prudente,
seguro de sí mismo, con un buen método tanto para su trabajo,
como en su vida, etc. Pero creo que ya tenemos suficientes datos para nuestra interpretación,
porque la imagen autocomplaciente que ofrece de sí mismo, próxima a
la de un sabio estoico o epicúreo, que ha conseguido la ataraxia o
imperturbabilidad de su ánimo, gracias a la vida sencilla, prudente y sin
ambiciones; a lo largo el relato se ve absolutamente puesta en entredicho. Pierde
su supuesta serenidad interior, expresa estados de cólera y exasperación
ante la actitud del Escribiente. Incluso su supuesta tolerancia, o piedad y caridad,
virtudes cristianas, que aparecen reiteradas veces como sentimientos justificados
ante lo que entiende como desamparo radical de su empleado; se transforman en rechazo,
incluso repulsión.
¿Cuál es la actitud de Bartleby, que produce tan devastadores efectos
en el alma el abogado, que creyó haber conseguido una vida en calma? La respuesta
a esta pregunta se encontrará en la trama o argumento del relato y en la falta
de datos de la figura del Escribiente, que él se negará repetidamente
a suministrar.
La trama es mínima, pero está expuesta con un ordenamiento impecable.
Los hechos que se relatan ya han sucedido, pero el Jefe-narrador tiene necesidad
de reconstruirlos. El abogado, después de presentarse a sí mismo, lo
hace también con sus dos empleados. Turkey es un inglés bajito, de
“cara roja y radiante”, de sesenta años, “diligente y serio”, muy eficiente
en las primeras horas de la mañana en su trabajo de copista, pero, a partir
de las doce, su hora de almorzar, su cara “se le encendía como una chimenea
de brasas” ( irónica y elegante elipsis para no decir que comenzaba a beber)
y los borrones de tinta caían en los documentos copiados, hasta el final de
la jornada.
El otro copista es Nippers, un joven de veinticinco años, “patilludo, con
aspecto de pirata”, víctima de dos poderes malignos : “la ambición
y la indigestión”. Debido a ellos sufre terribles ataques de ira, pero son
por la mañana; por las tardes permanece apacible. Con lo cual, el abogado
no tiene que bregar, al mismo tiempo, con las excentricidades de sus dos empleados,
lo cual le parecía “un buen arreglo de la naturaleza”, según la comprensiva
actitud del Jefe, que muestra una bonhomía, que en ocasiones atribuiríamos
a falta de carácter. De Nippers y Turkey el Jefe puede hacer conjeturas acerca
de sus vidas y las razone de sus comportamientos, porque de ellos sí posee
datos de sus biografías.
Por acumulación de trabajo es contratado un tercer escribiente, Bartleby,
que aparece descrito como sigue:
“Todavía puedo ver su figura: pálida y pulcra, respetable hasta inspirar
compasión, con un aire irremediable de desamparo.”
Al principio trabajaba con denuedo, “como si hubiese padecido hambre de copiar”.
Pero al tercer día, a un encargo sin importancia del Jefe, consistente en
revisar unas copias, Bartleby contesta por vez primera la frase fatídica que
se convertirá, a partir de ahora, en el único argumento de la no-trama,
o trama minimal del relato: Preferiría no hacerlo.
I would prefer not to.
Deleuze dedica la mayor atención, en su interpretación, a la literalidad
de la fórmula, que “es la fórmula de su gloria, y todos sus lectores
fascinados la repiten.” En ella hay un cierto manierismo, una cierta solemnidad en
el uso del prefer, en lugar de una sencilla negación. Y añade:
“ Aún siendo gramatical y sintácticamente correcta, su abrupta terminación
not to, al dejar en lo indeterminado aquello que rechaza, le confiere un carácter
radical, una especie de función límite.” Y precisamente en la repetición
insistente de la fórmula, en las múltiples ocasiones en que le es requerido
algo, el Escribiente contesta con voz neutra la misma frase, que pese a estar construida
de forma correcta, suena como una anomalía. Abre una zona de indiscernibilidad
entre la afirmación y la negación, entre lo preferible y lo no preferido.
Agamben tiene en cuenta las reflexiones de Deleuze y añade que el abrupto
final not to tiene un carácter anafórico, de innecesaria repetición,
ya que no remite a un segmento de realidad. Gira sobre sí misma sin referencia
a ningún objeto ni actividad concreta: I would prefer not to, prefer not
to.....
Yo añadiría que quizás la lógica de la preferencia
negativa, la manera cortés y educada de no preferir, abarcaría a la
realidad toda. Quizás podría leerse como una figura retórica,
que en la poética de Melville supone una concepción del mundo nuevo.
En consonancia con las ideas de Jefferson y de Thorau, Melville sueña con
una sociedad fraterna, una federación de hombres y de bienes, una comunidad
de individuos anarquistas. Esta comunidad se llama América. Oigamos las palabras
de Moby Dick:
América es el potencial del hombre sin particularidades, del Hombre original”
(C. 26)
Que podemos compararlas con el final del relato que trato de interpretar.
“¡Hay Bartleby! ¡Ay, humanidad!”
Sobre el mesianismo de Melville han coincidido algunos de sus intérpretes.
La última exclamación doliente sobre la humanidad ¿podría
significar la necesidad de la muerte del hombre, para que surja de su inmolación
un Hombre Nuevo, que redima a la humanidad?
Dije con anterioridad que la trama mínimal de este relato puede seguirse
a partir de los momentos y las circunstancias en que el Escribiente repite la frase,
con mínimas variantes. La primera vez la dice con el motivo citado de cotejar
unas copias que había hecho el jefe con el original. El Jefe, perplejo, cree
no haber oído bien, y repite su solicitud, a la cual Bartleby vuelve a contestar:
Preferiría no hacerlo.
Ante los requerimientos de explicación de esta actitud, del rostro impasible
del Escribiente sólo se movían apenas sus labios para volver a repetir
la misma frase. El Jefe constata que no percibe en él la menor señal
de turbación, no hay en él signos de incomodidad, su actitud no es
la de un rebelde; por tanto no siente la necesidad de ordenarle de forma apremiante,
como se hablaría a un subordinado, y decide aparcar el incidente, porque le
urge el asunto que lleve entre manos, requiriendo la ayuda de Nippers. En la segunda
ocasión en que repite la fórmula es debido a la petición de
revisar unas copias con las de los otros empleados. El jefe oye, de nuevo, la frase
y vuelve a quedar perplejo, pero tampoco ahora sabe cómo reaccionar y vuelve
a usar la lógica del aplazamiento, como la vez anterior. Las consideraciones
que se hace a sí mismo son las siguientes. Encuentra inofensiva su pasividad
y busca una explicación “caritativa” y de tolerancia ante las que llama las
“manías” de su empleado; incluso da una vuelta de tuerca, usando un mecanismo
de racionalización (Ana Freud): proteger a Bartleby, el indefenso, será
una forma exquisita de cultivar su alma. Pero no siempre tiene el abogado el temple
de ánimo adecuado para los bocados apetitosos de excelencia de su conciencia.
Desea comprobar si continúa la que ahora ya considera ciega obstinación
“de este tipejo sin blanca.” Así pues, le pide que vaya a la oficina de Correos,
a recoger su correspondencia. La respuesta predecible es, de nuevo, Preferiría
no hacerlo. La ataraxia del Empleador se encuentra seriamente comprometida,
está fuera de sus casillas, piensa en la fama que llegará a tener su
oficina, marcada por el caso insólito, cuyo rumor se extiende por la ciudad,
de que tiene un escribiente singular. El siguiente incidente de la trama es cuando
el Jefe, después de estados contradictorios de conciencia de comprensión-repulsión,
decide intentar entenderle y para ello piensa en tener una conversación sosegada
con él y pedirle datos de su vida, de su lugar de nacimiento. La respuesta
ya la conocemos.
La conclusión de lo antedicho es que Melville contrapone, probablemente de
forma intencionada, dos clases de personajes: aquellos que tienen biografía
( el jefe y los otros dos copistas) y Bartleby, que carece de ella. Y si intentamos
buscar alguna seña de identidad por otras vías, por ejemplo,
por la profesión de Escribiente, nos encontramos con la paradoja de que, a
partir de la última preferencia negativa (no dar datos de su vida)
el Escribiente deja de escribir.
Quizás si nos remontamos, con brevedad, a la larga tradición de los
copistas, podamos extraer alguna luz para nuestra interpretación. Los antiguos
griegos creían que los poetas (aedos) eran meros copistas, ya que escribían
al dictado de los dioses o las Musas. También las religiones del Libro consideran
que dios revela, a través de sus profetas, la palabra divina. La Biblia, la
Escritura (con mayúscula) es el original, los hombres no pueden hacer más
que meras copias, lo más fieles posibles al Original. La tradición
de los monjes copistas, a lo largo de la edad media, y hasta la invención
de la imprenta, exigía una copia literal de la doctrina, de la que estaba
excluida la interpretación. Incluso los copistas podían ser iletrados,
bastaba que sus escritos fueran legibles (se les exigía buena letra), aunque
ellos no entendieran el sentido de lo que copiaban. Así pues, al copista se
le exige obediencia y literalidad, y como en el caso de Bartleby incumple ambas,
por tanto si su identidad intentábamos buscarla por este camino, hemos
fracasado y comprobado que su yo se ha desmoronado.
Intentemos aún otra vía. El copista repite literalmente fórmulas
(religiosas, jurídicas, retóricas, etc.) y sus copias son letra
muerta. Vamos a relacionar estas ideas de la profesión de copista con
el final del relato. El Jefe, después de la muerte de Bartleby, tiene noticia
de un rumor, que necesita hacer llegar a los lectores, por si les da alguna pista
o sugerencia, como confiesa que a él le dio acerca de su identidad. Parece
que el escribiente había trabajado de subalterno en la Oficina de Cartas Muertas
de Washington. Estas cartas son quemadas a carretadas cada año, porque sus
destinatarios han desaparecido. Son mensajes de vida que van directamente a la muerte.
¿Marcó esta ocupación el futuro desarrollo de la no-vida, no-biografía,
no-profesión, no-identidad de no-escribiente de Bartleby?
Su final, de pura inanición, en un rincón de la cárcel, a la
que acude el abogado que recibe la información del cocinero de que el preso
“no tenía el hábito de comer”, me recuerda aquel cuento de Kafka ,
El artista del hambre. En una feria, un hombre dentro de una jaula, se expone
ante los curiosos, en una prolongada huelga de hambre. Éste es su oficio,
o su medio de vida. Al principio reúne a su alrededor una multitud, pero poco
a poco va quedándose sin miradas de curiosos y muere en su jaula, de la que
es barrido con una escoba, confundido entre las pajas que le servían de lecho.
También el final de Gregorio, en La Metamorfosis, es ser barrido por
la asistenta, que lo encuentra muerto, convertido en animal, sin rasgos humanos.
Tampoco Bartleby tiene rasgos físicos destacados, “alto y pálido” es
semejante a un puro trazo, un signo, un espectro, cuya presencia pasa casi inadvertida.
No tiene pasado, pero quizás su futuro ha sido, desde su creación hasta
hoy, convertirse en la representación simbólica del espíritu
de los escribientes hoy desaparecidos, cuya tarea no tiene ya sentido ni utilidad
en la era de la reproductibilidad técnica, en palabras de Benjamin.
Su gloria y su eternidad radican en la fascinación de la repetición
anafórica de la fórmula.
4.2 El efecto de contaminación
Había dejado interrumpida la trama o argumento del relato. Retomemos
el hilo, a partir de que nuestro protagonista prefiere no decir cuál
es su ciudad de origen. A partir de ese momento, tanto el Jefe, como los otros empleados,
empiezan a utilizar la palabra preferir en cualquier contexto, parece que
sale involuntariamente de los labios de todos.
- “ También a usted se le ha pegado la palabra -dije, un tanto nervioso.
- Con todo respeto, ¿qué palabra, señor? -preguntó Turkey,
respetuosamente invadiendo el reducido espacio de detrás del biombo y obligándome
a empujar al escribiente -. ¿Qué palabra, señor?
La palabra y la fórmula en la que aparece se han convertido en un rasgo de
expresión que todo lo contamina, escapa de la forma lingüística,
desposeyendo al Jefe de su palabra ejemplar y su autoridad, y a los subordinados
de su función de tales. Antes he comparado a Bartleby con el personaje, convertido
en escarabajo, de La Metamorfosis de Kafka. Ahora volveré a hacerlo,
porque el Escribiente me sugiere un animal, un calamar. Me explico. El cefalópodo
en cuestión, cuando se siente en peligro, expulsa una tinta que lo envuelve,
como un velo protector, frente a los hipotéticos enemigos. Y éstos,
durante un rato, quedan paralizados, casi cegados, lo cual permite al calamar huir.
Salvando las distancias, en el uso metafórico que me permito, el Calamar-Escribiente
emite la fórmula, quizás como mecanismo de supervivencia, y los elementos
circundantes, que para él son todos eventuales enemigos que turban su quietud,
quedan envueltos en la nube de tinta de la poderosa fórmula, que sirve de
elemento disuasorio. En efecto, Bartleby, que tiene asignado un lugar, cerca del
Jefe, separado de él por un biombo; a partir del momento en que decide dejar
de escribir, sólo sale de su escondrijo cuando es requerido para cualquier
cosa, para emitir la fórmula-de-tinta. Pareciera como si no le quedase otro
recurso, ya que cualquier injerencia él la experimenta como una profanación
de su “ermita” (como dice en varias ocasiones el narrador) y vuelve a refugiarse
detrás de su biombo. Pero el efecto es que los que le han molestado en su
retiro, quedan contaminados y ellos mismos repiten la palabra, cuyo
efecto es ya como si la tinta que les ha manchado tuviese un efecto indeleble.
También el receptor queda corrompido por el Squid . El efecto en la
lectora o el lector es demoledor. Le sucede lo mismo que al jefe, o a los compañeros
de trabajo, lo que he llamado el efecto de contaminación. La lectura
del relato produce desazón, incomprensión y enfado posterior precisamente
por dicha incomprensión. La actitud del Escribiente es imposible de imaginar
en una misma, no hay posible identificación. No puede sentirse compasión
por la “desgracia inmerecida” recaída sobre el héroe, como enseñaba
Aristóteles que los espectadores de la tragedia sentían, y el efecto
de la kathársis liberadora de los afectos se hace imposible. Al concluir
la lectura, en todo caso una puede sentirse liberada, sólo por el hecho de
haberla concluido, ¡por fin! ¿Cómo es posible que un relato de
tan pocas páginas sea tan devastador que su lectura se haga interminable?
Da igual que se lea por vez primera, como que se repita la lectura, como en el caso
presente, para hacer un estudio de la obra, y que de antemano se conozca el final.
Si continuamos el hilo de la trama, el Jefe descubre, por casualidad, una mañana
de domingo en que pasa por su despacho, que el Escribiente, que ya no escribe, y
que apenas sale de su ermita durante las horas de trabajo, sigue allí, vive
en la oficina. El jefe le pide que se marche, pero él prefiere no hacerlo.
El narrador dice que tiene la sensación de que es “una parte del mobiliario”
o como “la última columna de un templo en ruinas”, pero que parece estar tan
solo, “absolutamente solo en el universo”. El Jefe, entonces, le ofrece una solución
a la situación. Es un hombre de acción, tiene responsabilidades, y
además, es un hombre sensible, ya que ha sentido “compasión” ante lo
que ha considerado el “desamparo” de Bartleby. De él sí sabemos, o
podemos deducir cualidades y datos de su biografía, que el propio narrador
y co-protagonista nos ha brindado. Y no sólo le propone una posible solución,
sino varias. Le propone despedirlo y darle una indemnización, o que siga
trabajando en el despacho, o incluso llega a ofrecerle que se vaya, por el momento,
a vivir a su casa. Pero Bartleby declina todas las posibilidades, se coloca
a sí mismo en un “callejón sin salida”. Recordemos que esta es la descripción
de la situación trágica de la que hablaba Goethe.
¿Es Bartleby un personaje trágico? No, por supuesto, en el sentido
clásico, del que se habló en el capítulo correspondiente. En
el espíritu de los protagonistas de las tragedias griegas se daba una lucha
constante, una confrontación entre fuerzas poderosas. En el caso del
primer Edipo, entre la voluntad de esclarecimiento de su identidad y destino y como
fuerza contraria, su pavor a la verdad. Ese juego, tan amado por los griegos, según
la opinión de Heidegger, entre velar y desvelar. En el alma del Escribiente
no parecen anidar las tempestades, o al menos, no sabemos nada al respecto, porque
él no las exterioriza, no da dato alguno. Podemos, nosotros los lectores,
interpretar que su espíritu es una playa desierta y un mar en calma,
sin lucha de elementos contrarios y, en este sentido, no podemos afirmar que sea
un personaje trágico. ¿Busca una salida en el callejón de su
situación? No, ya que no hay, en ningún momento del relato, intervención
de la voluntad. Lo único que podemos decir, es que preferiría no
encontrar una salida.
José Luis Pardo dice que Melville sufrió al no poder escribir una novela
y que por ello, decidió escribir un cuento. De la imposibilidad de dar una
definición del género “cuento, o “relato corto”, que sea universal,
adecuada para todo tiempo y lugar, ya dimos noticia en el capitulo introductorio
primero. Pero ahora me interesa tomar una indicación de Alfred Sargatal que
dice que el cuento literario suele estar escrito en el tono de voz de alguien
que habla. A partir de esta sugerencia podemos comprobar que efectivamente en
el caso de Bartleby se cumple esta intención, es decir, que Melville
usa, a lo largo de la historia, un tono de oralidad, no sólo por los muchos
diálogos que aparecen en la obra, sino porque además, interpela
a la lectora o al lector. Si está escrito como alguien que habla, éste
espera una respuesta. Por ejemplo, el siguiente diálogo entre el Jefe y el
Escribiente:
- “ ¿Querrías decirme algo sobre ti?
- Preferiría no hacerlo.
- Pero¿ qué objeción razonable puede tener usted para no hablarme?
Le tengo simpatía. (.......)
- ¿Qué responde usted, Bartleby?
- De momento, prefiero no responder.
Quizás este sea uno más de los motivos de la desazón producida
por su lectura, de la que hablaba antes. La estrategia estética de Melville
cumple su cometido de obligar a una toma de posiciones, de ahí el rechazo
y el deseo de terminar la lectura, porque es muy difícil tomar postura, juzgar
acerca de la bondad o malicia, responsabilidad o culpa del protagonista. ¿Es
intencionado, por parte de Bartleby, el efecto devastador de contaminación?
Y la intención de su creador ¿cuál es? No me siento capacitada
para afirmar o negar, ni siquiera para preferir. ¡Ya he dicho otra vez
la palabra !
4.3 Nihilismo minimal
Para hacer la lectura que intentaré desde lo que estos dos términos
me sugieren, necesito sumergirme en ellos. Dediquemos nuestra atención al
primero. Nihilismo es un término filosófico desdichadamente
en boga, usado y abusado en el lenguaje cotidiano, en los medios de comunicación
y en la calle. Por ello es de interés ir a las fuentes filosóficas,
al padre Nietzsche, su creador.
Comenzaremos por su famosa sentencia “¡Dios ha muerto!” Comentar esta frase
es apuntar a la esencia del nihilismo, según la clásica interpretación
heideggeriana (Nietzsche I y II, 1961). La muerte de dios significa la muerte
de los ideales y el llamado nihilismo podemos identificarlo, en primera instancia,
con sus demoliciones. La declaración de guerra de Nietzsche es contra
todas los ídolos, no sólo los de su tiempo, sino las ídolos
de todos los tiempos: dioses, creencias, supersticiones, ciencia, moral, arte y filosofía.
Ahora propongo una cita larga de sus Fragmentos póstumos:
“Lo que cuento es la historia de los dos próximos siglos. Describo lo
que viene, lo que no puede suceder de otra manera: el advenimiento del nihilismo.
Esta historia puede contarse desde ahora, ya que es la necesidad misma la que
se pone en obra. El futuro habla ya en mil signos, el destino se anuncia por doquier:
para esta música del porvenir todos los oídos están desde ahora
afinados. Toda nuestra cultura europea se agita ya desde hace tiempo con una tensión
torturadora que crece de década en década, como abocada a la catástrofe:
inquieta, violenta, precipitada, como un torrente que quiere llegar cuanto antes
a su fin, que ya no reflexiona, que teme reflexionar”. 10
¿Qué es lo que anuncia el intempestivo a los hombres de hoy y a los
de mañana? y ¿cómo la anuncia?. El profeta del porvenir presagia
una crisis, y por sus indicios advierte que será un suceso de grandes
proporciones. Las cosas grandes exigen un lenguaje elevado y a él le va tanto
el contenido como la forma de lo magnificente, se congratula y se aviene con ello.
Sus interlocutores son los hombres de la cultura europea que no reflexionan, que
temen volver sobre sí mismos, y que paradójicamente son para él
los filósofos, los “hombres teóricos”. Ya en su obra de primera época
aparece Sócrates como el primer eslabón de tan funesta cadena.
Estos hombres teóricos sustituyen el instinto por lo que ellos creen el saber
consciente, y se vanaglorian de ello; pero su propia vanidad les impide abrir los
ojos para percibir los signos de la crisis de la que son responsables. Los “hombres
modernos” (sus contemporáneos) son los herederos de la cultura socrática
y continúan en la misma órbita de ceguera y arrogancia; la mayor parte
de ellos se encaminan, sin saberlo, hacia la catástrofe. ¿Podrán
detenerse en un momento determinado para restablecerse de la crisis y dominarla?
Nietzsche respondería que esta cuestión, como cualquier otra de envergadura
en la que estén atrapados los hombres, dependerá de la fuerza, de la
voluntad de poder que los asista.
Porque nihilismo es entendido como decadencia, una de cuyas acepciones es
falta de voluntad de poder. El entiende que todos los 'valores supremos' de la humanidad
adolecen de esa voluntad de poder, y por lo tanto, son valores contrarios a la vida.
Ésta es instinto de crecimiento, de duración, de acumulación
de fuerzas, de poder. Nihilismo es negación de la vida. Esta es calumniada,
negada, despreciada. Y una era nihilista nos augura el más solitario.
Necesitaríamos ahora introducir una reflexión sobre Melville, para
preguntarnos si él era conocedor de la obra de Nietzsche. No es en absoluto
probable que así fuese, ya que hasta después de la muerte del filósofo
en 1.900 no fue conocida y exaltada su obra y traducida a muchas lenguas, en uno
de esos fenómenos de morbosidad post mortem. Y el escritor norteamericano
muere en 1891, y no es verosímil pensar que llevase consigo alguna obra de
Nietzsche en sus muchos viajes por mar, o que tuviese tiempo para dedicarlo a la
filosofía, ya que para ganarse la vida tuvo que ejercer numerosos oficios.
Así pues, queda descartada la opción de que el personaje de Bartleby
fuese concebido como nihilista, en la acepción nietzscheana del término.
¿Por qué razón, entonces, me atrevo a usarlo para mi lectura?
Por varios motivos. En primer lugar, porque la hermenéutica considera
legítimo el uso de categorías estéticas de cualquier tiempo,
diferentes a las del autor interpretado. Gadamer lo describió con el acertado
principio
de la fusión de horizontes, los horizontes temporales del autor interpretado
y los del intérprete; llegando a decir, incluso, que los lectores de una obra
anterior a su época la entienden mejor que los contemporáneos. Y dos
consideraciones más, o mejor, dos interrogantes. El primero con respecto a
si vivió Melville en su espíritu las consecuencias de lo descrito por
Nietzsche como advenimiento del nihilismo en la cultura europea y si pretendió
pasar al otro lado de la zanja-trampa del nihilismo con el advenimiento del Hombre
Nuevo Americano, como antes sugerí. La segunda consideración es que
si trato de interpretar a Melville desde la perspectiva del tiempo actual, el concepto
de nihilismo ha sufrido modificaciones sustanciales con respecto a como fue pensado
por su creador. Por ello me he permitido denominarlo nihilismo minimal, y
espero poder argumentarlo en lo que sigue.
Pero aún considero que tenemos que adentrarnos más en el controvertido
término nihilismo, ya que no tiene una significación unívoca.
Hasta qué punto el pensador nos somete, en la lectura de sus textos, a una
ceremonia de la confusión, es algo que sospechamos intencionado. Repensar
Nietzsche es hoy y será mañana sumirse en sus perplejidades, hacerse
su cómplice para mantener el latido acompasado a lo que en cada tiempo hay
que pensar. Y parece que él, espíritu augural, aventurándose
en los laberintos del porvenir y mirando a la vez hacía detrás, nos
deja en legado la tarea de volver a pensar el nihilismo, acontecer inaudito y terrible
en el que estamos inmersos. Que ello es necesario lo sabemos, pero lo que no sabemos
es si el llevarla a su término se puede hacer por este camino de las interpretaciones
y las lecturas 'académicas' y, por lo tanto, falseadas. Con esa duda en el
ánimo continuo.
Rastreando la obra del 'gran aniquilador' encontramos una serie de encarnaduras de
la negación de la vida ; son figuras de muerte y decadencia, aptas para ser
incluidas en un panteón. Las figuras del sacerdote y la del filósofo
idealista introdujeron la mentira en el orden moral del mundo, en la inversión
de los valores de la vida. Este tema de considerar a dios, con su moral, y a sus
servidores, los sacerdotes y los filósofos como enemigos de la vida, es recurrente
en su obra. La moral es la renuncia a la voluntad de existir; cuando se ve claro
el mezquino origen de los valores -los valores de la moral son verdades interesadas-
el universo entero pierde su sentido al producirse la muerte de los ideales. Esa
pérdida se refleja en el mundo en los estigmas del cansancio de vivir, en
el pesimismo, que Nietzsche ve como precursor del nihilismo. También
es nihilismo para él lo que llama “las ideas modernas” en las ciencias, las
artes y la política, y pone como ejemplos de estas últimas las ideas
igualitarias y democráticas, las nuevas ideas en torno a la emancipación
de la mujer y la idea misma de progreso.
Hasta el momento, el término nihilismo ha aparecido siempre con un sentido
peyorativo. Sin embargo, en un texto de las Fragmentos póstumos del
año 1888, 17 casi en el tramo final de su aventura intelectual, el profeta
del porvenir se descuelga con una declaración sorprendente, anunciándose
como el primer nihilista perfecto de Europa, que ha experimentado en sí
mismo el nihilismo hasta sus últimas consecuencias, y que ha necesitado destruir
la lógica de los grandes ideales del pasado, en una tentativa de inversión
de todos los valores. Esta tentativa tendrá por título Voluntad
de Poder.
Nietzsche mismo nos avisa de la dificultad de identificar como nihilistas los
diversos personajes de su panteón, pero al mismo tiempo da la pauta en los
Fragmentos Póstumos del otoño de 1887, al hablar de dos tipos
de nihilismo, 23 resumiendo todos los tipos que aparecen dispersos en su obra publicada.
Existe un nihilismo activo como signo de fuerza, del poder acrecentado del
espíritu, que permite que “un ser prospere, crezca, adquiera poder”, pero
este poder ha crecido de tal manera que los fines y valores aceptados hasta el momento
(creencias, convicciones y 'artículos de fe' ) no están ya a su altura.
Sin embargo, todavía no se manifiesta en esa fuerza una voluntad de poder
suficiente, un quantum de poder con capacidad de crear nuevas metas, nuevos
porqués, nuevas creencias. Su maximum de fuerza está en la destrucción,
en la capacidad de ejercer violencias.
Su contrario es el nihismo pasivo, fatigado e incompleto, entendido como declinación
y regresión de las potencias del espíritu. Es síntoma de decadencia,
porque al juzgar que los valores anteriores están agotados y ya no sirven
para sustentar a los hombres del momento, los sustituyen por otros 'travestidos'
que reconfortan y tranquilizan, pero también aturden al espíritu: los
valores morales, políticos o estéticos de sus denostados “hombres modernos”
(sus contemporáneos).
Con este equipaje conceptual vamos a aproximarnos a nuestro Bartleby. Creo que no
podemos identificarlo ni como pesimista, ni decadente , ni reactivo
contra nada ni contra nadie; tampoco es nihilista activo ni pasivo,
porque no ejerce violencia destructora ni creadora, ni pretende un cambio de
valores, ni de nada. El efecto que produce, cuando lo había identificado con
el Squid, es una consecuencia de la potencia de la fórmula, que envuelve,
por contaminación, al mundo circundante dejándole sus secuelas.
Pero es una acción ajena a su voluntad, ya que no posee no solo voluntad,
sino ningún otro rasgo de carácter, ni identidad. ¡Cuan
lejano de aquellos héroes de la tragedia griegos, que ellos sí poseían
un éthos marcado, o de los personajes de Don Alonso Quijano, el Bueno,
o de Sancho, el fiel y amante de los ideales de la andante caballería, contagiados
por su amo!
El nihilismo del Escribiente lo es por omisión de la acción, por anonadamiento,
¿podría pensarse en la paradoja de una débil voluntad de hierro?
Ese empecinamiento en la inacción aparece en el relato sin objetivo y sin
meta (recordemos que no tiene biografía), “adviene o aparece” en el despacho
del abogado como un fantasma, sin referencia alguna de anteriores ocupaciones, y
sin proyectos de futuro. El nihilismo por anonadamiento es un dejarse ir hasta la
desaparición final, ¿por negación budista o shopenhaueriana
de la voluntad de vivir? No elige el camino, pero parece recorrer una vía
directa, sin bifurcaciones, sin atajos; también sin premura, ¿por abdicación
de toda voluntad de acción? Sólo lo sostiene la fórmula minimal.
Es llegado el momento de hacer referencia al llamado Minimal Art o Minimalismo.
Surge en EE.UU, a mediados de los años sesenta y tiene su máximo
desarrollo en los setenta, en los que una fuerte ola de minimalismo recorrió
las galerías de arte noeyorkino, a raíz de la llegada de los racionalistas
abstractos. Quien utilizó por vez primera este término fue el filósofo
Richard Wolheim, para contraponerlo al subjetivismo y emocionalismo del “Expresionismo
abstracto”, que ponía el énfasis en la improvisación y la espontaneidad
(el ejemplo de Pollok sería pertinente). El minimalismo, por el contrario,
era un arte conceptual, que a partir de una idea preconcebida, pretendía su
ejecución anónima, clara y rigurosa con la finalidad de acentuar
su literalidad. La característica fundamental de esta corriente
era la ausencia de todo contenido o intención metafísica. Citaré
algunos artistas que se suelen incluir en ella y que coinciden en presentar superficies
enfáticas monocromáticas, por ejemplo Ryman, que suele usar pintura
blanca sobre fondo blanco; o pintura empastada con efectos jaspeados sobre fondo
blanco, como Olitski; o el catalán Joan Hernández Pijuan (del que hay
obras en el MACBA) que araña las telas y crea surcos blancos sobre fondo también
blanco.
Pero el artista que me interesa, por lo que explicaré en seguida, es Ad Reinhardt,
con sus pinturas de campo de color. Este artista, en el tramo final de su aventura
creadora, realizó una serie de pinturas, todas del mismo formato (un metro
y medio de superficie), cuyo contenido era una simple imagen en forma de cruz, pintada
en tono obscuro, que apenas se diferenciaba del fondo. Y aquí es dónde
interviene mi experiencia, ya que tuve ocasión de ver la enigmática
serie en una galería del Soho de Nueva York, hace unos treinta años.
Por aquel entonces yo no tenía información alguna sobre esta corriente
artística, pero recuerdo bien que estuve mucho rato ante las pinturas, que
en principio me parecieron un muro ciego, extensiones uniforme de pintura
negra. Pero de mi empecinada contemplación fueron emergiendo las dos enigmáticas
líneas cruzadas, a medida que el ojo se fue acomodando y percibiendo diferencias
de tono. Tengo un recuerdo vago, pero a la vez vívido, de aquella experiencia
estética, en la que me interrogué acerca de las posibles razones que
pudieran haber guiado al artista: ¿negación de la propia identidad
con la pretensión del dominio total sobre la forma?
A mi vuelta a Barcelona, busqué información y en los últimos
años en que me vengo dedicando a reflexionar, leer y escribir sobre teoría
estética, y a ver cuantas exposiciones puedo, entendí algo de aquella
conmoción. Pues bien, cuando releí recientemente el relato de Melville,
para hacer el presente ensayo, la asociación con la experiencia del arte minimal
que tuve en el pasado, relampagueó y no me abandonó en toda la lectura.
¿Cuál fue el detonante? La continua referencia a un “muro ciego”, como
yo vi en aquellos cuadros en Nueva York. El narrador-Empleador constata que Bartleby
pasa períodos prolongados en pie, asomado a la pálida ventana que da
al patio de luces y que está a pocos metros de un muro ciego de ladrillos.
Y que a partir del momento en que decide dejar de escribir, se convierte prácticamente
en su única no-actividad. ¿Es una manera de ganarse su derecho a la
supervivencia por pura pasividad paciente? Y en sus momentos finales, en la cárcel,
al no poder acusarle de nada y por su natural sereno e inofensivo, le habían
permitido pasearse libremente por la prisión. Allí lo encontró
el abogado, inmóvil de cara a un muro. Si Bartleby tenía, o no, profundas
reflexiones al mirar el muro ciego, lo desconocemos, ya que Melville ha escrito la
obra desde la perspectiva del Jefe, no desde la de un narrador omnisciente.
¿Por qué otros motivos asocio el arte minimal al relato? Porque Melville
retrató un personaje anónimo, sin dato alguno de su identidad;
como anónima pretendía ser la ejecución de las obras de arte
que comentamos, sin proyección alguna de emociones o simbolizaciones por parte
del artista. Ello tendría como consecuencia el poner de manifiesto la literalidad
de la pintura, como la pura fórmula Preferiría no hacerlo, en
la que ya se vio su carácter de literalidad, característica
también de la función de copista. Podríamos atender también
a la reducción al mínimo de los elementos que necesita Bartleby
para sobrevivir. Cuando el abogado se lo encuentra viviendo en su oficina, una vez
ha marchado el Escribiente, el Jefe, guiado por una curiosidad morbosa, comienza
a buscar rastros y encuentra en un rincón una manta raída, un cepillo
y una crema de zapatos, una jofaina y un trozo de jabón. Como mínimos
son también los elementos con los que se expresan los minimalistas: superficies
inmaculadas, colores puros y formas simples. Si algún artista minimalista
leyó a su compatriota Meville, es posible que le tomase como su digno antecesor,
o así creo que podría haber sido.
Nietzsche sueña con los 'Argonautas del Ideal', 30 los cuáles ven al
final de su singladura un país desconocido, un país cuyas fronteras
no ha visto nadie todavía, un país Nuevo . Por este país se
aventurará el hombre del futuro, aquel Otro de la Humanidad. Melville inventa
un personaje nihilista con los mínimos datos, un hombre sin atributos (Musil)
¿Para que de su muerte por inanición pueda surgir América,
un Mundo Nuevo y redentor? Pero de ese idealismo mesiánico hoy los EEUU de
América no conservan ni el mínimo trazo positivo, sino más bien
destrucción y dominio e imposición. Nietzsche vuelve a ser iluminador
con su últimas palabras de La Gaya Ciencia:
“Con ese ideal comienza lo verdaderamente serio, se plantea el verdadero problema,
se tuerce el destino del alma, echa a andar la aguja. Incipit tragoedia. |